La Gestión de Personas: un ejercicio de reciprocidad
Por Carlos López Combarros, publicado el día 20/12/2006
Artículo del Área de Recursos Humanos
Hace unos años, estuvo colaborando dentro de mi equipo un estudiante de postgrado en el área de RR.HH, con el que hoy me une una gran relación personal.
Hacía tiempo que yo había elaborado una ponencia, en diferentes epígrafes, sobre “la retención de personas que aportan valor a las organizaciones” y, en mí afán revisionista y por enriquecer el documento, pedí a Carlos, que me hiciera un decálogo sobre “qué esperas de mi como jefe” y “qué debo esperar yo de ti como colaborador”, buscando un refuerzo más para la presentación, ejercicio en el que va implícita una acción de reciprocidad sin la cual, el marco real de este, nunca podría llevarse a buen puerto, no funcionaría.
En dos transparencias, y de manera muy telegráfica, escribió ambos decálogos que, por otra parte, son de sentido común, lo que supone tener una gran claridad de ideas. El resultado es lo que todos deberíamos ejercer en nuestra vida profesional diaria y de una manera natural.
Qué esperas de mí como jefe
• Implicación y compromiso.
Asunción de las necesidades del equipo y sus integrantes, y puesta en común de los objetivos hacia donde partir.
• Trasladar carencias organizativas, hacer propuestas paliatívas para tomar decisiones compartidas, que nos ayuden a ser más operativos.
Partiendo de un análisis previo, el liderazgo deberá incidir sobre aquellos aspectos a mejorar, reforzando aquellos puntos fuertes que aporten valor al equipo.
• Impulso, capacidad de decisión y de gestión.
Aprovechando las propias sinergias internas, o generando nuevas, el jefe imprimirá velocidad e impulso a sus propios colaboradores.
• Emanar directrices claras y facilitar el marco para su puesta en marcha.
Definir hacia donde, cuando y cómo de manera explícita y concreta.
• Compartir conocimiento.
Visualizar al equipo como una comunidad de intercambio profesional e intelectual.
• Reconocimiento de los logros individuales y del equipo.
Camaradería, complicidad: compartir los éxitos, sumar juntos.
• Proximidad personal y buen nivel de comunicación.
Buscar la mejor sintonía, generando un clima de confianza, es indispensable para nuestro ejercicio de reciprocidad.
• Exigencia.
Todo lo anterior perdería su sentido si el jefe no solicita el mayor esfuerzo e implicación a sus colaboradores.
• Apoyo a las iniciativas individuales.
Significa, además, capacidad para delegar. Si no se da esto, el edificio de la confianza se derrumba.
• Respaldar las decisiones.
Desde el nivel de responsabilidad que le corresponde, el jefe debe promover la autonomía en el desarrollo de la actividad de sus colaboradores.
Su concreción me gustó mucho porque iba a los puntos neurálgicos de lo que un buen directivo debe ejercer. El decálogo podía ser ampliado pero, qué duda cabe de que un directivo que ejerce de verdad estas diez pautas es un buen gestor de personas. ¿Cuántas veces vemos a personas en puestos de dirección que son alérgicas a tomar decisiones, a delegar para hacer crecer a sus equipos, a respaldar decisiones que fueron consensuadas en su momento, a gestionar el No con mano diestra y con la misma maestría que gestionan el Sí?
¿Qué debe esperar mí jefe de mi?
• Apoyo, implicación y compromiso con el proyecto de equipo.
No sólo de arriba abajo: el compromiso tiene que ser una decidida apuesta por parte de los colaboradores.
• Desarrollar una actitud constante de colaboración, cooperación y enriquecimiento del equipo.
El trabajo en equipo constituye una forma de crecimiento profesional y personal. La mejora de cada persona redunda en un mejor desempeño del equipo, y viceversa.
• Aportar ideas y refrendar las positivas ya establecidas.
Asumir un firme compromiso con la creatividad y la aportación de ideas.
• Operatividad.
Trabajar con objetivos claros y de manera eficaz.
• Iniciativa y autonomía.
Si el jefe delega y propone, debe exigir de sus colaboradores autonomía y resolución en sus decisiones y una clara vocación por la anticipación.
• Inquietud y disponibilidad para la adquisición de nuevos conocimientos.
Siempre debe guiarnos una natural tendencia hacia el aprendizaje.
• Buen nivel de comunicación profesional y cercanía personal.
“Solo se puede hacer crecer sobre suelo fértil”.
• Esfuerzo y capacidad de trabajo.
Si el jefe es el que imprime el primer impulso, es responsabilidad de los colaboradores secundarlo.
• Saber escuchar -escucha activa-.
Requisito fundamental para poder integrar todas esas necesidades del equipo, detectar oportunidades y ofrece soluciones.
• Sentido de lealtad crítico.
La confianza en su doble vertiente.
¿Cuántas veces nos quejamos porque creemos que la buena gestión debe emanarse solo desde arriba – sin ninguna contribución por nuestra parte - y que somos profesionales a los que solo nos incumbe ejercer los derechos para con los otros, - incluidos los jefes - sin aportar gestos activos de reciprocidad?
Para exigir hay que dar y solo desde esta premisa podremos construir equipos compactos de forma y manera que, “la suma de voluntades convergentes nos hagan más fuertes y, en el mejor de los casos, invencibles como equipo”.
Descarga el artículo completo