E-mail adictos.com
Por F. M. Thompson, publicado el día 08/05/2007
Artículo del Área de Empresa
De partida, he de confesar que por edad llegué tarde y a regañadientes al proceloso mundo de la informática.
Mis devaneos con la palanca virtual fueron obligados por un entorno que pasó bruscamente de la máquina de escribir a la cibernética y todo en un pis pas, de repente. Por ello confieso que las nuevas herramientas me “acorralaron”. Casi sin darme cuenta me encontré “sólo” con una total dependencia de mi secretaria a la que daba textos escritos a mano para que con su “sabiduría” tecnológica, transformara mi tosca ortografía, en mensajes virtuales. Un día intenté desconectarme de esa “dependencia” y aprendí a utilizar el correo electrónico, no como un virtuoso, pero a pesar de mis rudimentarios conocimientos me empecé a defender.
Eureka! Gané en autonomía e independencia, podía recibir mensajes, leerlos, escribir directamente desde el teclado del ordenador, remitir información, etc… etc… Ese día me sentí feliz; era como si hubiese superado una batalla pendiente con el entorno que sabía perdida de antemano.
El email había entrado en mi vida y de sopetón, como todas las cosas que influencian de una forma importante nuestra vida; desde entonces cumplo con el ritual diario, después de leer la prensa escrita, que compro todos los días en el kiosco de mi casa (lo siento, no tengo la misma satisfacción leyendo las noticias de Internet, todavía necesito tocar el papel del periódico y pasar sus páginas una a una). Decía que después de leer el periódico, he llegado a incorporar a mis “rutinas” en primer lugar el encender el ordenador, poner las claves y leer el correo electrónico como primera tarea del día.
Lo han conseguido, soy un EMAIL Dependiente.
Todos los días el rojo intenso de los mensajes recibidos sorprende mi retina, sobre todo por la cantidad.Todo el mundo manda emails a todo el mundo y quienes lo utilizamos como herramienta diaria de trabajo, sufrimos varias reglas perversas:
- Es fácil copiar a todo el mundo. Puedes mandar un mensaje directo, en tiempo real a muchísima gente, a miles de personas, apenas sin esfuerzo.
- El 90 por ciento de los mensajes que se reciben NO VALEN PARA NADA, me dan información que no he podido o no me interesa.
- El correo electrónico “libera” de responsabilidades. Es de alguna forma exculpatorio: ¡Te mandé un mail para informarte! El mail ayuda a pasar responsabilidades de una forma sibilina a otros.
Pero con casi todo, lo peor es que siento que cada vez me relaciono menos con las personas. El correo sustituye la comunicación verbal, ¡hasta las difusiones son virtuales! Ya no ves entrar en tu despacho a un colega tuyo del comité de dirección enfadado, con los ojos saliéndosele de las orbitas por alguna discrepancia en algún aspecto. No, ya no existe el ceremonial de la discrepancia directa y la obligación de “negociar” situaciones y encontrar soluciones emocionales y racionales a los problemas, circunstancia que siempre han enriquecido a las personas y a las organizaciones.
El email, un par de años después de haberme dado la alegría de sentirme “moderno”, hoy me estresa, me hace mucho menos productivo, me roba tiempo innecesario y me esclaviza, distrayéndome de mis verdaderas obligaciones.
Sinceramente creo que nos ha hecho bastante menos productivos. He reducido mi productividad alrededor de un veinte por ciento; además me ha creado dependencia, convirtiéndome en un EMAIL-ADICTO, y lo peor es que si me intentase rehabilitar sé que además sería una batalla perdida; si prescindo del mail la sociedad prescindirá de mí. No funciona eso de acudir a una asociación en la que te curas al ponerte de pie y afirmar públicamente y en voz alta:
¡SOY UN EMAIL-ADICTO!
Esta enfermedad no tiene solución porque no depende de la voluntad de uno, nos excede y es incontrolable.
Confieso una pequeña maldad; he empezado a borrar correos electrónicos sin leerlos, directamente a la basura y por Reyes me he regalado una pluma estilográfica con la que me escribo los mensajes y reflexiones a mi mismo en una especie de correo electrónico de carne y hueso, de tinta y papel, que me recuerda la etapa en que los sentimientos y la comunicación gobernaban nuestras vidas, en ves del frío teclado de un ordenador y la impersonalidad de un mensaje virtual que oculta los sentimientos y estado de ánimo de quien nos lo envía.
Estas pequeñas maldades me hacen un poco más feliz y me devuelven algún grado de libertad o al menos eso creo.
F. M. THOMPSON
(pseudónimo de un ejecutivo español)